Para el "Joven aprendiz"

miércoles, 14 de noviembre de 2007

.....En un mundo de Doctores.



En mis años de ejercicio he sido titulado como “Doctor” en múltiples ocasiones, pero siempre he sentido un escalofrío de algo “no deseado”, algo con lo que no quiero que me confundan.

Los médicos somos llamados “doctores” y no sé bien el motivo, tal vez se quiera aproximar al reconocimiento social que se nos atribuye, en este caso me parece más propio el sustantivo Médico, que es lo que realmente quisiera llegar a ser.

En la relación con mis pacientes el tuteo es lo frecuente, alguno reconoce que le sale el trato de usted y me pide disculpas. En otras ocasiones soy el que utiliza usted con intención de distanciarme del paciente o del sujeto al que estoy tratando por mantener una distancia, pero es poco frecuente.

La sociedad reconoce y exige en la figura del médico una serie de propiedades que suelen resultar tópicas como la empatía, entendida como la capacidad de ponerse en el lugar de otro, la inteligencia, entendida esta de forma brillante de tal manera que no podemos decir tonterías, la honradez, como una actitud coherente y recta en nuestros actos. Para homogenizar este tipo de virtudes y otras se nos otorga el título de Doctor.

Pero en el estamento médico somos muchos, tantos que existen tantos tipos y pareceres como en el resto de la sociedad, por lo tanto entre nosotros los mal llamados “doctores” hay ladrones, egoístas, filibusteros, psicópatas, descreídos, mercaderes e incluso los hay “normales”.

El primer Doctor que me encontré, fue un traumatólogo del seguro al que acudí por un esguince y con el que pasaba una enfermera que estaba cañón, a mi edad de 14 años no pude por menos que preguntarles si eran novios, igual hasta se me ofrecía una oportunidad; todavía recuerdo el “careto” que me pusieron.

Después ya con una edad más madura, en esa edad en que las cosas no se hacen solo sino en cuadrilla, también en el seguro, di con un residente de una quirúrgica que con el permiso de su jefe, me asestó un tajo en el prepucio que así me lo dejó, los vestuarios de primera regional le quitaron la importancia al tamaño y a la estética.

Más adelante ya en la facultad conocí doctores con “pedigrí”; tan analfabetos en la ciencia como éramos y nos hicieron, dimos en adorar como a Galeno, a lo más tonto que parió madre, siendo incapaces de reconocer que un anatomista, un fisiólogo o un farmacólogo, no tiene porqué saber de medicina y sin embargo acudíamos a realizarles las consultas de nuestra salud como a los dioses.

Ya en los cursos clínicos descubrí determinadas falacias, el “ catedrático, profesor, doctor”, según figuraba en la placa del portal donde tenía su consulta privada, que para ayudar en los partos nos hacía subirnos al vientre de la parturienta, ¡todo un adalid del parto “natural”. A su lado el portento intelectual de la facultad argumentó que el diagnostico y tratamiento eran correctos, pero que no merecían su aprobación porque la técnica utilizada no era la que él usaba. Proseguí impertérrito por el deambular académico observando como los discípulos aventajados se encarnizaban con la importancia en el detalle de sus mediocres clases, llenas del rigor científico "porque yo lo digo", cual sería mi sorpresa cuando a uno de estos capullos le vi fallar por tres veces consecutivas en una sutura simple. Para entonces estaba realizando tareas de sustituto de ayudante de quirófano, mientras el titular abarcaba suficientemente su pluriempleo, el día que me casé como regalo me entregó su lavadora usada.

En este peregrinar por hacerme con unas prácticas que de oficial no tenía, me crucé con un oftalmólogo, a la sazón jefe, que operaba los estrabismos en los niños sin confirmar el efecto de la anestesia, me fui al suelo siete veces, ¡pedazo de asesino!.

Terminada la formación en la facultad y con las ideas idealizadas de los 26 añitos elegí la especialidad de traumatología en ese mismo hospital clínico, duré 6 meses y tras un enfrentamiento con el de la lavadora, no he vuelto a pisarlo, pero aprendí como en la academia de doctores se precisa saber servir el café al jefe, usar su mismo lenguaje o vestir su mismo modelo de bata si se quiere uno doctorar.



Encontré por azar una interinidad para nueve meses que se convirtieron en 9 años y comencé a familiarizarme con la incertidumbre, mis únicas funciones y habilidades residían en mis manos y mis sentidos, una radiografía de tórax de vez en cuando de favor y muchos volantes para todo. Se acercó a visitarme un compañero que desarrollaba un cupo en otro destino a dos horas y media; me sorprendió que trajera un libro sobre “iridología” y acordamos formarnos en tal magia. Contacté para ello con un doctor “naturista”, que ni era doctor, ni era “naturista, pero que presumía de curarle las faringitis a Julio Iglesias, en los finales del año 79 le conté 170 billetes de mil limpios, para él, en una tarde, aparte de su parte en los beneficios de la venta de los productos. Mientras les contaba a los pacientes los peligros del arsénico en los tapones de corcho de las botellas de vino, descubrí que el magnesio que les vendía a los incautos contenía arsénico como conservante, según figuraba en las etiquetas de los sacos en los que adquiría el magnesio al por mayor. Una tarde, ya pensando en como salir de allí, me sorprendió con un diploma de “Médico Naturista por la Universidad de Miami” a mi nombre, en inglés, ¡las veces que mi querida esposa me llamó gilipollas!.

Tuve la suerte de contar como vecino con un médico que supo transmitirme la entereza de los primeros pasos, Jorge Asensio Peral, de dilatada e interesante biografía, primero como exiliado político y después como inadaptado en un país cuyo principal pecado capital es la envidia, le perdí de vista en un traslado a Pinto.

En aquellos primeros 80 entré en contacto con varios médicos que se encontraban en situación similar y nos organizamos en un grupo que mantenía sesiones clínicas con periodicidad semanal, en una relación de iguales, porque lo que iguala es la consecución de un objetivo y su esfuerzo compartido, independientemente del origen particular. Mantuvimos la actividad tres años, después el grupo se desmembró.

De aquel grupo otro médico, Jesús Maria San Vicente, formado en Cuba, Anestesista en Inglaterra, Internista por la C.U.N. y Cardiólogo por el Instituto Mexicano de Cardiología, nos enseñó el camino de la Escuela de Medicina Interna de la C.U.N. y varios de nosotros pasamos otros tres años viajando, tarde si, tarde también, a Pamplona. Allí los doctores tienen otra dimensión, la de “como en todas partes” y la de “manda el jefe”, he visto suspender la formación de algún latinoamericano por decir una tontería y he visto también sesiones clínicas de servicios completos, desde el que atendió al paciente en urgencias, hasta el patólogo que finalmente realiza la autopsia y donde cada cual se comía sus marrones. Son curas de humildad que uno aprende viendo las barbas del vecino, pero esto que describo no era lo normal.

Después vinieron los tiempos de pasar a la Aps y de cambiar de destino, conocí doctores que con mentiras, que les costó la sanción en destino forzoso sin posibilidad de cambio, quisieron perjudicarme, también conocí doctores en puestos administrativos, tardé en darme cuenta de que no les gustaba la asistencial y me sorprendió que les llamaran doctores, incluso en un curso un economista me descubrió que entre las motivaciones para estudiar medicina, podían incluirse desde los motivos económicos hasta los de reconocimiento social y que no era esencial el principio vocacional.

Ya en la época de los 90, rondando la cuarentena, un responsable de formación me susurró en la oreja, que para evitar los problemas futuros en la formación de residentes de familia me convenía hacer el curso de homologación. Siempre me he considerado un funcionario APD cuyo destino es la desaparición cuando me jubile y no entraba en mis planes el curso de homologación, cada cual es lo que ha querido ser o estar, pero por gusto a la relación con las nuevas generaciones realicé el curso.

Si los doctores que había conocido hasta entonces ya me resultaban rechazables, los del curso de homologación al título de medicina familiar y comunitaria resultaron vomitivos. Desde el que llegó afirmando que su intención era suspendernos a todos, hasta el que llegaba cobraba por cuatro horas y se despedía a la media, pasando por el que te contaba milongas porque su nivel no llegaba o el que había memorizado el tema del “Zurro”, resultó una de las experiencias mas humillantes que he vivido.

Posteriormente, por razones que algún día contaré y no antes de cinco años, he conocido a los doctores de la cuarta dimensión.

Por todo lo descrito, cada día me esfuerzo en que nadie me confunda con semejante calaña, ¡no soporto que me llamen doctor Bilbao!

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